lunes, 25 de enero de 2010

Sofía no se creía que estuviese allí, sentada enfrente al hombre del que se había enamorado hacía ya más de veinte años, cuando era una niña de trece, pero él rozaba la mayoría de edad. Siempre tan lejano, siempre tan guapo y atractivo… ella tan tímida, con esos silencios incómodos de desear hablar y que la garganta se hace un nudo…

El tiempo, las circunstancias o sabe Dios qué los separó. Poco a poco sus caminos se torcieron hasta casi desaparecer de la vista el uno del otro. Sin embargo, ella se veía sorprendida por el recuerdo de él, por aquel juego, aquel coqueteo que no llegaba a pasar grandes fronteras: una mano acariciada a escondidas, un beso robado cerca de la comisura de los labios, una sonrisa, un piropo.

Con la distancia que produce el tiempo en la memoria, Sofía terminó por dudar qué de aquellos juegos habían pasado realmente y qué no. Raúl, que así se llamaba él, solía tener un aire distante y, al mismo tiempo, parecía que, en cualquier momento, la abrazaría con ternura.

Un día recibió una llamada. Era él. Se pasaría por la ciudad y quería verla. Se puso nerviosa como si no hubiesen pasado siete años y, al mismo tiempo, sorprendida porque era la primera llamada que recibía de él. No sabía qué hacer. Por entonces, ya lo creía olvidado, incluso tenía novio y no le parecía justo siquiera quedar para comer con alguien por quien… en fin… con alguien que… con Raúl. Le dijo que intentaría hacer un hueco, pues estaba con los exámenes finales de la universidad. Yrecibió la misma contestación distante y llena de ternura que, en otros tiempos, solía recibir de él. Se sintió tonta, definitivamente tonta, sólo quería quedar para comer, qué se había creído…

                    El tren pasó y ella ni siquiera se acercó a sacar billete.

Al cabo de eso, unos veinte años o más, de aquel primer amor de niña de trece, por unas circunstancias que no conseguía recordar, todo volvió como un torbellino: rápido, confuso y, de pronto, estaba allí, sentada en un restaurante, con Raúl frente a ella, hablando como viejos amigos cuando nunca, hasta aquel momento, habían intercambiado complicidad ni confianza. La velada perfecta, salvo por el detalle, el pequeño detalle, de que él estaba casado y era padre, con lo cual, sólo se veían como amigos, empezando una amistad que siempre fue, pero nunca estuvo.

Al terminar la cena, él sugirió acercarse hasta la playa. De noche y en pleno invierno, le parecía el lugar perfecto para estropear algo que parecía ir tan bien. Y es que ella era especialista en los postres amargos, esos que hacen que te olvides de la deliciosa comida que has tomado. Mientras se sentaban en la arena, el mar ronroneaba, Sofía buscaba el momento de preguntárselo. Y, una vez más, apareció sin esperarlo:

-        Ha sido una velada fantástica –dijo él- a veces, pienso que perdimos mucho tiempo de amistad… a veces –Raúl se fijó que ella estaba un poco ausente-… bueno, también es cierto que esta noche, en ocasiones, parecía que querías contarme algo, pero no llegabas a…-

-        Raúl –se le pusieron los ojos brillantes y un nudo en la garganta- sé que no debería sacar este tema, ahora no, no es el momento, pero necesito saberlo, no sé porqué, puede estropear lo agradable de esta noche y romper lo que parece que nos une como amigos, pero… -Sofía cogió aire porque estaba hablando demasiado deprisa-… yo sentía algo por ti, desde la primera vez que te vi, bueno, yo… estuve muy enamorada de ti y tú estabas como en otro nivel, en un mundo muy diferente. A veces, quizás era mi percepción, pero a veces, parecía que tú también sentías algo y, al momento siguiente, no estabas –se puso muy nerviosa y empezó a temblar-. No sé por qué necesito saber esto… -tragó saliva-… ¿tú alguna vez sentiste…?-

Y ya no pudo seguir hablando, Raúl le acariciaba el pelo, el cuello, la mejilla. Acercó sus labios, se besaron y el corazón no podía latir más deprisa. Se acostaron sobre la arena de la playa, suavemente, y se amaron como nunca habían amado antes. Ni él con su esposa, la mujer perfecta con la que vivía y que le daba una estabilidad que siempre deseó. Ni ella con aquellos que la dejaron, la maltrataron o le hicieron sentir tanto daño que optó por vivir sola.

Cuando terminaron, él se vistió rápido para tener tiempo de cerrarle la blusa con ternura a ella y vestirla con cuidado, mientras le seguía besando, acariciando el rostro, el cuello, el pecho… Sofía quería llorar de felicidad, pero pudo contener las lágrimas. Raúl parecía sentir la misma dicha. Hubo un silencio amable hasta que él aparcó el coche a la puerta de su casa.

-        ¿Y ahora qué? – preguntó él con una dulce sonrisa.

-        Sólo te pido una cosa –dijo ella con las cicatrices que, anteriores relaciones, le habían dejado en el corazón (y en el alma)-. No me hagas daño. Pase lo que pase, no me hagas daño… ni me grites… ni…-

Entonces, sí, entonces se echó a llorar y él volvió a abrazarla, comprendiendo, sintiendo aquel dolor. No quiso separarse hasta que la sintió tranquila. Y quedaron en que volverían a hablar.

Se vieron algunos días más hasta que la costumbre hizo que aquello fuese normal: unas veces charlaban; otras, hacían el amor. A veces, quedaban todos juntos porque Sofía conocía a su mujer y a sus hijos. Eran como buenos amigos compartiendo una vida. La mujer de Raúl no sospechaba nada. Él la quería, la quería mucho como en su día deseó querer a Sofía, pero las cosas se torcieron: él no se daba decidido y ella, en su timidez, parecía distante… Ahora sólo pensaba qué hacer con aquello: estaban sus hijos, a los que adoraba y que le habían dado la vida; su mujer, a la que había aprendido a querer, era una buena persona, le daba estabilidad y una fuerza que no podría encontrar de otra manera; y estaba Sofía, de la que nunca dejó de estar enamorado, como si sus almas se pertenecieran siempre, aunque sus cuerpos tomasen caminos diferentes… Y no quería perder nada de ello como también sabía que era incompatible: era inevitable que su mujer se enterase si continuaba con Sofía o que ésta le pidiese un hueco mayor en su vida. A veces, se sorprendía deseando darle ese espacio, romper con todo y decidirse por ella.

Entonces, un día las almas se despertaron con una decisión firme: en principio, para Raúl sería un sábado  más, se iría al parque con los niños y, por la noche, buscaría una excusa, una reunión de trabajo para cenar con Sofía y proponerle una vida juntos. Aunque le doliese, estaba seguro de que podría llegar a un acuerdo amistoso de divorcio, no perdería a los hijos y seguiría viendo a su mujer, por lo menos, de una forma políticamente correcta.

Por su parte, Sofía se había despertado con la decisión de buscar a Raúl, se acercaría al parque, sabía que a los sábados estaba allí con los niños, le pediría para hablar con calma y le declararía abiertamente su amor, que había sentido que él vivía lo  mismo, que la quería, que intentasen una vida juntos. Comprendía que no era fácil. Era romper con una familia, aunque no buscase (ni mucho menos) que dejase de ver ni a su mujer ni a sus hijos. Pero, el cariño que percibía de Raúl a su esposa se parecía más a un acuerdo tácito, una especie de contrato emocional, en la que ambas partes ofrecían una vida estable y llena. No amor como lo que existía entre ellos. Amor.

Sofía se levantó, se duchó y se vistió, por primera vez, con el hueco del estómago inundado de luz, la luz que ofrecen los grandes sentimientos. Se sentía plena, gracias a Raúl, por primera vez en su vida, sabía lo que era sentirse amada, respetada, aceptada sin más… no había discusiones ni gritos ni peleas que abriesen heridas en el corazón ni en el alma. Casi podía decirlo en alto “me quiere, me quiere”…

Bajó las escaleras que llevaban al parque de dos en dos, giró la esquina y lo vio: cogía a uno de sus hijos en lo alto, el otro tiraba de sus pantalones, Raúl se reía abiertamente; su mujer apareció con algo para picar a media mañana  y le dijo algo que hizo que Raúl se riera más, la abrazase y le diera un beso.

De pronto, una especie de rayo atravesó a Sofía y la dejó paralizada. No era la primera vez que veía ese cariño y esas demostraciones de afecto entre ellos, evidentemente, se querían. Era la risa de Raúl lo que la paralizó, la expresión de sus ojos, su boca, aquello que transmitía. Entonces, supo que no podía dar un paso más.

Mientras se reía, Raúl se sentía lleno de una energía extraña, muy blanca, muy plena… como tantas veces que salía a jugar con sus hijos o a pasear con su mujer. Aquel sábado se olvidó de la decisión firme con la que se había levantado.

En la siguiente cita, la silla de Sofía estaba vacía. El camarero, que conocía a la pareja desde hacía mucho, le entregó un sobre:

No sé por dónde empezar, igual que hace unos meses, me cuesta mucho decir aquello que llevo dentro. El sábado te vi en el parque y ya no pude acercarme. Te amo, Raúl, te amo con locura, pero mi alma está llena de dolor, de tristeza y daño, soy incapaz de darte aquello que hace tu vida soportable: felicidad. En mi egoísmo, en mi necesidad de curar muchas heridas, quise pedirte que te vinieras conmigo, que iniciásemos una vida juntos; pero, precisamente, porque te amo, no puedo pedirte eso. Yo no puedo hacerte feliz.”

Raúl no volvió a saber de Sofía. Desapareció de su vida igual que había aparecido meses atrás. Ella se embarcó hacia otro país, hacia un lugar lejano donde enjuagar las cicatrices de aquellas heridas que nunca se paró a curar. Él se entristeció, como quien pierde a un ser querido, vivió unos meses en luto, deseando volver a verla, cometer una locura:

-        Dios mío, Sofía, ¿no ves que he perdido la felicidad al perderte?- Solía pensar, y aquel pensamiento le llegaba a su amada a través de las estrellas, pero ella no contestaba. Él ya no le pertenecía, por lo menos en esta vida, ya no, así que esperó con paciencia a que lo comprendiese. Y ya  nunca regresó.


Tags: relato corto

Publicado por Bluemeiga @ 11:37  | Relatos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios