Mientras veo cómo tapan mi cadáver con una sábana, me doy cuenta de que este es el peor final que le pude ofrecer a mis amigos que, atónitos, vagan con la mirada perdida, sin ser capaces de contestar ni a la policía ni a los médicos. Ni yo misma puedo, soy capaz de expresar lo sucedido, miro a mi alrededor buscando la luz, el famoso túnel, pero nada aparece, sólo las personas que, esta tarde, se acercaron hasta la fiesta del pueblo y que, ahora, se han transformado en un tumulto casi transparente de curiosidad morbosa, haciendo uso de cámaras de fotos y móviles por el último vestigio de la sangre de una desconocida… ¡Qué extraño se ve desde aquí! ¡Qué extraño desde fuera! La sangre, el cuerpo, la piel… el físico en sí, la muerte. Siento una tranquilidad extraña como si me rodease un manto eterno e invisible de paz. Sólo se contrasta con las preguntas que continúan haciéndole a mis amigos… a mis tres, únicos y mejores, amigos…
- ¿Sufría alguna enfermedad mental?-
- ¿Os comentó en algún momento su intención de… suicidarse?-
- ¿Alguna vez actuó así?, ¿hace mucho que la conocéis?-
Vaya, las preguntas también parecen incómodas e improvisadas, ¿por qué no se los llevarán a un sitio más apartado y les hablarán con suavidad? Es lo que están pidiendo esos corazones a gritos… y puedo… puedo sentirlo. Empiezo a arrepentirme, me acerco a uno de ellos, intento acariciarle el pelo “lo siento, mi niña, de verdad, lo siento, si pudiera explicártelo”. No me escucha, no me siente. Pero, en mi alma se desata la confusión de la suya. Es horrible, incluso angustioso.
Si nadie viene, igual es que merezco el infierno, al fin y al cabo, lo hecho es lo más parecido a un suicidio… ay, no sé… ¿qué es… qué es… “eso”? Un ángel, mi ángel. En vida, nunca le recé, nunca creí en su existencia y, de pronto, sé que es él. Me mira interrogante. Aún no era mi hora, sus ojos parecen decirme “¿qué has hecho?”
Y no sé contestarle, sólo sé que nos parecía divertida aquella atracción: el laberinto de espejos. Una suerte de corredores y pasillos de cristal ultra-transparente y espejos que hay que recorrer, sin límite de tiempo, hasta encontrar el final. En algunas partes del trayecto incluso pierdes el punto de referencia de lo que hay afuera. A algunas personas les resulta angustioso, pero nosotros nos pusimos como chiquillos, al pique, a ver quién era el primero y quién la última… sí, la porque, como tantas veces, terminó siendo un poco una apuesta entre hombres y mujeres y, por otra parte, ya se daba por supuesto que sería yo… mejor dicho, mi des-localización espacial y yo, las que tardásemos el doble de tiempo que cualquier otra persona.
Entramos en el laberinto y nos dispersamos. Enseguida nos perdimos de vista, aunque nos seguíamos escuchando y gastando bromas. Pronto se dejaron de escuchar algunas voces y comprendí que me estaba quedando atrás. Me reía pensando en sus vaciles, en mi propio desastre y continué casi en silencio. Ya no me cruzaba siquiera con otras personas y no tenía referencia de afuera. Entonces, poco a poco mi cabeza se trastornó, se volvió seria, dura. Cuando me di cuenta, me estaba planteando la forma de enfrentarme a mi propia vida, siempre fallando, siempre errando en el camino… proyectos que no llegaban a su fin o que, tarde o temprano se estropeaban… proyectos, relaciones, situaciones… Incluso, una velada agradable que terminaba en algo amargo, por un comentario desafortunado, una broma que no sonaba tan mal antes de decirla, etc… Me di cuenta de que me hundía en un pozo e intenté buscar un pensamiento agradable: menos mal que aún tenía tres amigos, tres buenos amigos a los que amaba con locura y perdonaban mis defectos. Quizás la oscuridad del pozo fue más fuerte que la luz de mi pensar. Sólo sé que empecé a analizar la vida en esa línea de obstáculos, de pequeños fracasos de la misma manera que no conseguía salir del laberinto y, de pronto, ya no veía los espejos (como tampoco veía los cristales) sólo veía al culpable de todos aquellos errores: el reflejo de alguien que no conseguía avanzar porque se ponía traspiés, por una inutilidad o algún retraso en su forma de caminar, por su cobardía o por… por Dios sabe qué… Se escapan las lágrimas cuando llego a este punto, entonces sí, recuerdo la ira, la frustración, las ganas de destrozar aquel mismo obstáculo que me había impedido ser feliz toda mi vida y descargué odio y amargura sobre los cristales y los espejos. Cuando la ambulancia llegó, mi cuerpo era una amalgama de sangre y carne rajada.
El ángel me ve con una ternura inmerecida, creo que inmerecida, me acaricia el rostro y parece aspirar mi tristeza: “no era tu tiempo, tu tiempo volverá”. Abre su boca en un rictus que provoca que lo imite, entonces mi boca se abre cada vez más, aspirando un aire tan fresco y tan excesivo que parece que me reventará los pulmones, mi pecho se hincha y, en el siguiente parpadeo, sólo veo la neblina que permite la sábana que está sobre mi cara. Aún no soy capaz de hablar, muevo mi cuerpo para llamar la atención. Una de las enfermeras se da cuenta, me destapa y el equipo médico que ya hacía veinte minutos que me había dado por muerta, empieza a trabajar sobre mí, a hablarme y colocar tubos por todas partes.
Busco a mis amigos y descubro unas lágrimas de tristeza y desconsuelo que se transforman en otro tipo de lágrimas, difícil describirlas, pero mis ojos les responden con las lágrimas de la súplica por el perdón. En mi culpabilidad tardo en reaccionar al ver que están en el hospital al mismo tiempo que llega la ambulancia.
¡Cuánto tiempo perdido!
¡Cuánta vida por delante!
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